Trasfondo: La batalla de Iyanden

Según el Inquisidor Czevak, la primera advertencia que tuvieron los Eldar del Mundo Astronave Iyanden acerca de los riesgos y de la gran tragedia que implicaban las garras de los Tiránidos de la Flota Enjambre Kraken llegó en el 992.M41 de manos de los distantes Exploradores del Mundo Astronave, Eldars cuyos instintos les empujaban a una vida de continua exploración y peligro, y que vigilaban en secreto los planetas y especies próximas a su Mundo Astronave.

Las noticias enviadas por los Exploradores eran terribles: mientras uno de los zarcillos de la Flota Enjambre asaltaba Ichar IV, otro zarcillo, de titánicas proporciones, se dirigía directamente hacia el Mundo Astronave Iyanden, uno de los más grandes y poblados de los Eldar.

La amenaza tiránida

Para entonces casi una docena de mundos imperiales habían sido ya consumidos por el avance Tiránido y, aunque el Imperio de la Humanidad contraatacaba de forma feroz cuando tenía la oportunidad, pasarían meses antes de que consiguieran reunir y movilizar una fuerza de combate imperial lo bastante masiva y poderosa como para poder enfrentarse de forma efectiva contra dicha amenaza. La amenaza estaba demasiado extendida como para poder huir, así que para cuando la frontera imperial hubiera quedado asegurada, el valioso Mundo Astronave Eldar de Iyanden se habría visto aplastado y reducido a cenizas.

El Vidente Kelmon, líder político y cabeza espiritual del Mundo Astronave, reunió a los Eldar de Iyanden y les advirtió del próximo asalto Tiránido. En el Lugar de las Respuestas, una gran sala presente en cada Mundo Astronave Eldar, y capaz de albergar a toda la población del Mundo Astronave, los habitantes de Iyanden se reunieron en aquel momento de emergencia para dar su opinión acerca del curso de acción a seguir. Solo después de conocer todos los puntos de vista y de alcanzar un consenso, el Vidente del Mundo Astronave pudo tomar una decisión acerca del rumbo que debían seguir.

El debate existente entre los habitantes de Iyanden acerca de las acciones a tomar contra el avance de la Flota Enjambre Kraken fue bastante extenso y acalorado. Los más conservadores insistieron en seguir una política aislacionista consistente en encerrar al Mundo Astronave dentro de un poderoso escudo psíquico que evitaría cualquier contacto con los Tiránidos. Los elementos más agresivos apostaban por atacar de forma inmediata a los Tiránidos, enviando la flota a destruir a los invasores antes de que llegaran hasta el Mundo Astronave. Ambos cursos de acción estaban llenos de problemas, ya que ninguno de ellos tenía en cuenta el inmenso tamaño de la Flota Enjambre Tiránida.

Hizo falta que la Exploradora Irilith, quien había visto a la Flota Enjambre en persona y había comprendido el terrible peligro que representaba, pronunciara un encendido discurso en el que instaba a todos los Eldar reunidos a actuar. Durante más de una hora dejó claro para cada uno de los presentes que, a menos que todos los Eldar de Iyanden combinaran sus esfuerzos, no habría posibilidad de rechazar a los Tiránidos, e incluso unidos no había seguridad en doblegar a la amenaza alienígena. Tras el final del discurso de Irillith, un susurro contenido llenó la Sala.

Nada más tuvo que ser dicho, ya que todos los allí presentes habían comprendido al fin la enormidad de la tarea que tenían por delante. El Vidente Kelmon se alzó y ordenó que cada Eldar pusiera todo su esfuerzo en preparar las defensas del Mundo Astronave Iyanden. Todas las naves de la flota serían llamadas al combate, y cada uno de los Eldar quedarían vinculados a la Senda del Guerrero, ya fuera como Brujo, Guardián o Guerrero Especialista, algo sin precedentes desde los tiempos de la Caída.

La defensa de Iyanden

Todo el Mundo Astronave fue reforzado y fortificado, ya que no había duda alguna de que los Tiránidos atravesarían como el papel las defensas exteriores y llegarían hasta el enorme planeta móvil.

Se solicitó ayuda de los demás Mundos Astronave Eldar. En un sagrado ritual, el Avatar, el espíritu personificado de Kaela Mensha Khaine, el Dios de la Guerra del Mundo Astronave fue despertado para tomar parte en la batalla. Para acabar, a pesar de la reticencia del Vidente Kelmon y de la terrible afrenta y riesgo que implicaba, todas las ancestrales Joyas Espirituales del Mundo Astronave, habitadas por las almas de los Eldar muertos, fueron extraídas de sus lugares de reposo e implantadas en los cibernéticos exoesqueletos de los Guardias Espectrales, desde los que combatirían como Guerreros Fantasma.

La batalla de Iyanden

Los primeros enjambres Tiránidos atacaron Iyanden solo veinte días después. Para entonces el Mundo Astronave había estado aislado durante más de una semana por la Sombra en la Disformidad de la Mente Enjambre, que imposibilitó a los demás Mundos Astronave Eldar enviar ayuda a través de la Telaraña, o simplemente comunicarse psíquicamente con sus hermanos.

Descontando algunas unidades dispersas que consiguieron abrirse camino, al final Iyanden tuvo que plantar cara a los Tiránidos en solitario.

A pesar de las dificultades, las primeras e inmensas oleadas Tiránidas, compuestas por decenas de miles de Bio-naves, fueron neutralizadas con facilidad y eficiencia por la flota Eldar, debido a que sus naves eran mucho más rápidas, más maniobrables y tenían armamento de mayor alcance que las de sus oponentes.

Batalla tras batalla, las naves Eldar destrozaron a las lentas Naves Colmena biomecánicas de los Tiránidos sufriendo solo bajas mínimas. Por un momento, pareció que la flota Eldar sería capaz de detener por sí misma a los Tiránidos, a medida que oleada tras oleada de naves Tiránidas se estrellaba contra las defensas Eldar.

Sin embargo, el Vidente Kelmon no estaba convencido de que fueran capaces de semejante milagro.

Las capacidades de las forjas de Hueso Espectral del Mundo Astronave para reponer las naves Eldar destruidas ya se encontraban seriamente comprometidas debido a las bajas sufridas en las batallas del espacio profundo que rugían en torno al Mundo Astronave. La flota estelar Eldar estaba siendo triturada poco a poco en una masiva guerra de desgaste; un tipo de conflicto en que solo los Tiránidos, debido a la innumerable cantidad de sus efectivos, podía esperar ganar.

Para confirmar los peores temores de Kelmon, la siguiente acometida hostil de los Tiránidos fue inmensa, casi del doble de grande que cualquiera de las anteriores que se habían enfrentado al Mundo Astronave. La flota Eldar sufrió bajas masivas en su intento de retener a los Tiránidos, y por primera vez resultó incapaz de evitar que la horda se abalanzara y aterrizara en el mismo Iyanden.

A pesar de que las fuerzas de abordaje fueron barridas antes de que pudieran causar cualquier daño de importancia a las defensas de Iyanden, la flota Eldar dejó de existir como fuerza de combate a gran escala.

A pesar del tenebroso resultado, aún quedaba esperanza, si es que la última oleada de la Flota Enjambre representaba la fuerza de asalto principal de los Tiránidos. Cuando la siguiente oleada resultó ser minúscula en comparación con las anteriores, la moral de los Eldar se elevó. A pesar de que la debilitada flota Eldar no podía evitar que los enjambres siguieran llegando al Mundo Astronave, las fuerzas de abordaje fueron tan fácilmente aisladas y repelidas que los Eldar pensaron que habían logrado capear la terrible tempestad que representaba la Flota Enjambre Kraken.

Antes de que la exhausta flota de Iyanden pudiera recuperar el resuello, el Mundo Astronave fue golpeado por dos masivos asaltos Tiránidos sucesivos que reunieron más tropas y naves que todos los anteriores juntos. Los pobres restos de la flota Eldar, enfrentados a los Enjambres Tiránidos, plantearon la defensa más potente y valerosa que pudieron, pero acabaron siendo barridos y aniquilados por una incesante marea de naves vivientes alienígenas.

Con la flota Eldar barrida del espacio, los Tiránidos comenzaron a llegar al Mundo Astronave a bordo de Esporas Micéticas que contenían horda tras horda de Guerreros Tiránidos, Genestealers, Carnifexes y toda clase de Gantes. Pronto, masivas batallas estallaron por los cielos, campos y corredores de todo Iyanden mientras los Escorpiones Asesinos se enfrentaban a los Hormagantes, los Carnifexes peleaban contra los Guardianes Espectrales, los Vengadores Implacables intercambiaban disparos con los Termagantes, y los Halcones Cazadores y los Falcon lidiaban contra las Gárgolas y Arpías que sobrevolaban en lo alto. Los enfrentamientos rugían también en la Disformidad, en donde los Brujos se enzarzaban en duelos psíquicos contra los Zoántropos. Pronto, los Tiránidos consiguieron hacer aterrizar unos cuantos Bio-Titanes Hierofantes, que se enfrentaron a los gráciles Titanes Phantom de los Eldar.

A veces, mientras los Eldar luchaban con denuedo y desesperación para expulsar a los alienígenas invasores, diferentes batallas se desarrollaban de forma feroz separadas solo por un muro de Hueso Espectral. Los enfrentamientos fueron crueles y sangrientos, y a pesar de que los Tiránidos tuvieron que encajar unas pérdidas masivas, los contraataques Eldar, encabezados por la rugiente figura del Avatar de Khaine que dirigía a los Guerreros Especialistas, Guardianes, Guardias Espectrales y Señores Espectrales del Mundo Astronave en una orgía desenfrenada de destrucción lograron algunas victorias, pero el avance Tiránido destruyó la Fortaleza de las Lágrimas y, peor que ninguna otra cosa, los antiguos repositorios de la flora y fauna autóctonas de los perdidos mundos Eldar de Iyanden conocidos como los Bosques del Silencio. Se cuenta que cuando los Guerreros Eldar vieron la destrucción causada en las antiguas cúpulas arbóreas lloraron furiosas lágrimas de sangre.

Poco a poco los Eldar consiguieron invertir la marea y llevar la lucha hasta los Tiránidos en enfrentamientos crueles y sangrientos que les infligieron masivas pérdidas, forzándolos a defenderse. Sin embargo, los defensores Eldar poco a poco fueron sufriendo el desgaste de la titánica batalla. Entonces los escanners Eldar comenzaron a detectar horda tras horda tras horda de enemigos, tantas a la vez que se saturaron. Eran la avanzadilla de otra masiva acometida Tiránida, la tercera y más grande hasta el momento. Cuando el Templo de Asuryan quedó arrasado por las hordas Tiránidas, Kelmon supo que, excepto que se produjera un milagro, la caída de Iyanden era prácticamente segura. Sin que el Vidente lo supiera, el milagro estaba a punto de producirse.

Príncipe Yriel

50 años antes del asalto Tiránido, el Alto Almirante Yriel, un Autarca, tuvo bajo su mando la Flota de Iyanden. A pesar de ser considerado como uno de los tácticos navales Eldar más brillantes que hubieran existido, su personalidad estaba plagada por el defecto del orgullo.

Cuando Iyanden se vio amenazada por una flota espacial del Caos que realizaba sus asaltos desde el Ojo del Terror, fue Yriel quien dirigió a la flota Eldar en un asalto preventivo contra la nave insignia del Caos, lo que dejó desprotegido al Mundo Astronave Iyanden. Aunque regresó a tiempo para evitar un ataque suicida llevado a cabo por una pequeña flotilla de naves de asalto del Caos, el Mundo Astronave quedó seriamente dañado.

Yriel, que estaba esperando recibir honores y festejos por su victoria, quedó severamente ultrajado cuando se le exigió presentarse ante el Consejo para explicarse por el curso de acción que había tomado. Insistiendo en que sus victorias previas hablaban por sí mismas, Yriel se negó a entrar en el debate, obligando a su antiguo amigo, el Vidente Kelmon, a tener que elegir un nuevo Alto Almirante.

Furioso, Yriel juró que no volvería a poner sus pies en Iyanden jamás. Él y un pequeño retén de sus seguidores abandonaron el Mundo Astronave para seguir la Senda del Proscrito, creando una compañía de Corsarios Eldar conocida como los Incursores de Yriel, que acabó por convertirse en la fuerza pirata Eldar más poderosa en la Galaxia.

Cuando recibió noticias del asalto de la Flota Enjambre Kraken sobre Iyanden, el Príncipe Yriel intentó ignorar el peligro que acechaba a su Mundo Astronave. Sin embargo, a pesar de que las cicatrices de su herido orgullo seguían abiertas, Yriel no podía soportar el dejar que la gente de Iyanden quedase condenada a un destino tan oscuro.

Abriéndose paso entre los bloqueos psíquicos de los Tiránidos, Yriel avanzó con decisión en ayuda de su pueblo, llegando justo en su hora más oscura.

El regreso de Yriel

Como un relámpago surgido de la nada Yriel y su gran flota de naves piratas Eldar golpearon al enjambre de naves Tiránidas. Pronto se le unieron las pocas naves restantes de la flota de Iyanden, tras lo que las flotas Eldar combinadas aplastaron a los enjambres de la Flota Enjambre Kraken.

Dos oleadas más de naves de la flota Tiránida intentaron atacar al Mundo Astronave, pero resultaron igualmente aniquiladas. Ni una sola bio-nave Tiránida alcanzó al Mundo Astronave, a pesar de que el coste para la flota de los Corsarios de Yriel fue bastante alto.

Heridos pero no doblegados, los Corsarios se prepararon para vender caras sus vidas rechazando a las demás oleadas de naves Tiránidas.

En los puentes del Mundo Astronave y de las naves que lo rodeaban, ojos vigilantes controlaban los escáneres, esperando la primera señal reveladora de la dirección del que procedería el siguiente ataque. Pasaron los minutos, después las horas. Con un creciente sentimiento de maravilla, los Eldar se dieron cuenta de que no se acercaban más enjambres Tiránidos: la batalla espacial había acabado.

¡La Flota Enjambre Kraken había sido dispersada, y había perdido toda coherencia!

Sin embargo, la batalla continuaba en el Mundo Astronave Iyanden. Las hordas Tiránidas, que hasta entonces habían estado operando como una tenaz fuerza de retaguardia a la espera de los refuerzos del resto de la Flota Enjambre, ahora se comportaban como ratas acorraladas que se abalanzaban de forma frenética contra los Eldar.

Estos, cogidos por sorpresa por el súbito cambio de actitud de sus enemigos, retrocedieron e intentaron resistir de forma desesperada al maremoto de los Tiránidos. La Fortaleza de la Luna Roja cayó por un asalto sorpresa, lo que por un momento hizo creer que, aún con la victoria al alcance de la mano, los Eldar iban a ser derrotados.

Sin embargo, por segunda vez, Yriel, al mando de sus Corsarios, se lanzó al rescate del Mundo Astronave. Descendiendo de sus naves espaciales en órbita, los Corsarios se unieron a los heridos defensores del Mundo Astronave Iyanden y, paso a paso, metro a metro, lograron repeler a los Tiránidos.

Entonces, cuando la esperanza volvía a brillar, una oscura nube apareció para cubrirla, un enorme Tirano de Enjambre que dirigía a la frenética horda, aniquilando todo lo que se cruzaba en su camino y prácticamente inmune a los disparos de los Eldar.

En medio de la carnicería, el Avatar de Khaine, el unico guerrero capaz de acabar con el Tirano de Enjambre, avanzó al frente y, rugiendo un desafío a la bestia, se arrojó al combate contra ella. Sin embargo, los Tiránidos no conocen los conceptos de cobardía u honor, por lo que no conciben siquiera un combate singular en dichos términos. Por ello, en lugar enzarzarse en la lucha mano a mano que esperaba el Avatar, el Tirano de Enjambre atrajo al enfrentamiento a una docena de Carnifexes para que acabaran con el guerrero acorazado.

La caída del Avatar casi acabó con las últimas hebras de esperanza de los Eldar, pero fue en aquel momento cuando Yriel reclamó de nuevo su posición, esta vez para la eternidad, como héroe legendario de su pueblo, al llegar justo en aquel momento para reforzar a las dañadas y desmoralizadas tropas de tierra.

Cuando los Tiránidos parecieron estar en el filo de conseguir aplastar las últimas líneas de defensa Eldar, entre las que estaban los últimos Guerreros Fantasma, Yriel en persona se lanzó a la batalla empuñando la temida y maldita Lanza del Crepúsculo, un arma antigua tan poderosa que literalmente quemaba y consumía la fuerza vital de aquel que la empuñara. Yriel estaba dispuesto a poner su alma inmortal en la picota voluntariamente para acabar con los Tiránidos.

El monstruoso Tirano de Enjambre se volvió para enfrentarse al Príncipe Pirata Eldar, pero no fue un adversario digno de la Lanza del Crepúsclo, que Yriel clavó con un gesto fluido en el cráneo de la criatura, atravesándolo y matando a la criatura sináptica Tiránida.

Con su comandante muerto, los Tiránidos dejaron de atacar como una fuerza cohesionada, se dispersaron y revirtieron a sus instintos más primarios. Tras una serie de cruentas batallas unilaterales los últimos Tiránidos fueron cazados y destruidos. El asalto Tiránido sobre el Mundo Astronave Iyanden había finalizado, y los Tiránidos habían sido doblegados y derrotados.

Sin embargo, la victoria de Iyanden fue una victoria vacía.

A pesar de que los Eldar habían logrado repeler a los invasores y emergir victoriosos, solo se había conseguido dicho resultado pagando un terrible precio. El una vez orgulloso Mundo Astronave había acabado arrasado, y cuatro quintas partes de sus habitantes habían muerto o agonizaban en los fracturados salones.

Entre ellos estaba el Vidente Kelmon, rodeado por los cadáveres de una docena de Zoántropos Tiránidos, cuyas retorcidas cabezas mostraban las señales del fuego psíquico.

La otrora poderosa flota estelar de Iyanden era apenas una lamentable sombra de su antigua gloria, y los abrasados restos de sus majestuosas naves espaciales y sus valerosas tripulaciones flotaban silenciosa e ingrávidamente en el vacío del espacio. No obstante las pérdidas ocurridas, todo podía ser reparado, quizá no durante centenares de generaciones, pero si algún día del distante futuro.

Lo que sí se perdió para siempre fueron las incontables almas Eldar de las Joyas Espirituales destruidas en la batalla contra los Tiránidos. La masiva destrucción sufrida por la gente y los Guerreros Fantasma de Iyanden infligió tanto al Mundo Astronave como a la especie Eldar en su conjunto un golpe del que su cultura jamás se recuperaría.

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